Hablemos sobre el duelo
Hablar del duelo no es sencillo. No hay palabras que logren abarcar lo que se vive cuando se pierde a alguien amado. Y es que, en el duelo, una parte importante de ti se va con quien parte… y otra parte, la que se queda, comienza un proceso de metamorfosis que, al principio, duele profundamente. No se trata de cuánto dura un duelo, porque no tiene un reloj fijo. Se trata de lo que sucede dentro de ti mientras lo atraviesas. Hay quienes logran caminarlo con cierta ligereza; otros, en cambio, sienten que se les rompe la vida en mil pedazos. Cada proceso es único, pero hay algo en común: nunca vuelves a ser el mismo.
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Betsy Jiménez
10/28/20252 min leer
Hoy, 27 de octubre, se cumplen 4 años desde la partida de mi papá. Ha sido un camino lleno de aprendizaje. Si algo puedo decir con certeza, es que los primeros tres años son intensos, duros. El dolor es punzante, y hay días en que el corazón simplemente no encuentra consuelo. Pero en este cuarto año algo cambió: comprendí algo esencial, algo que transformó mi forma de ver la muerte y de vivir el amor.
Este artículo está inspirado en tres palabras que llegaron a mí como un susurro del alma: respeto, aceptación y crecer.
Respeto: honrar las decisiones del alma
Aprendí que respetar es también dejar ir. Es entender que, aunque hayamos amado intensamente y hecho todo lo posible desde el amor, cada alma tiene una misión. Y cuando esa misión se completa, por más que duela, debemos honrar su decisión de partir.
A veces cuesta entenderlo. Queremos retener, curar, salvar. Pero llega un momento en el que comprendes que el acto más puro de amor es el respeto: dejar que el alma siga su camino, sin carga, sin juicio, sin ataduras.
Aceptación: abrazar la ausencia sin aferrarse al dolor
Aceptar no significa que deje de doler. Aceptar significa que, aún con el dolor, eliges mirar su recuerdo con gratitud y no con apego. Porque más que doler por la ausencia, duele cargar con un dolor que se aferra al pasado y no permite sanar.
Aceptar es permitir que el amor se transforme. Es entender que el desapego no es olvido, sino una forma más sutil y duradera de amar. Es dejar de preguntarte por qué y empezar a preguntarte para qué.
Crecer: sostenerse con lo aprendido
Después de una pérdida, todo lo que viene hay que hacerlo solo. Y ahí comienza el verdadero crecimiento: cuando no queda más opción que convertirte en tu propio sostén. Maduras a la fuerza, desde un lugar profundo y real. Aprendes a vivir de otra manera, con cicatrices que no se ven, pero que te vuelven más humano, más compasivo, más presente.
Crecer después de un duelo es enfrentarte a tu versión más adulta: la que se levanta aún con el alma rota, la que transforma el dolor en fuerza silenciosa, la que no olvida pero sigue caminando.
Reflexión final
El duelo es una maestría del alma. No tiene pasos exactos ni fórmulas perfectas. Es un viaje íntimo donde lo único constante es el amor.
Y aunque el corazón tarde en entenderlo, hay una verdad que llega con el tiempo:
El verdadero amor no retiene. Acompaña, honra y deja libre.
El amor no muere con el cuerpo. Se queda como un talismán invisible que protege, guía y recuerda que, aún en medio del dolor, la vida continúa... y que, si eliges mirar con el alma, descubrirás que nunca se fueron del todo.
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