La mente que te enfermó no es la mente que te sanará
Hablar de sanación suena fácil cuando el cuerpo está sano, pero cuando el dolor entra en escena —ya sea físico, emocional o energético— todo cambia. En esos momentos, muchas veces no sabemos cómo tratarnos, cómo hablarle a nuestro cuerpo, cómo responder a su llamado. Este artículo nace de dos encuentros inesperados en menos de 30 minutos, dos escenas aparentemente distintas que me dejaron una misma enseñanza: tratarnos con amor cuando más lo necesitamos.
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Betsy Jiménez
11/26/20255 min leer
Ayer, en el gimnasio, aprendí una de las lecciones más sabias sobre la compasión, el orgullo y el respeto. Una lección que me devolvió a esa verdad incómoda que siempre olvido: no puedes ayudar a quien no te pide ayuda.
Estaba en la barra donde estiro mi columna, concentrada en mi rutina. A mi lado, un señor, dándome la espalda, luchaba con sus manos sobre la silla de abdominales. Tenía la mano izquierda paralizada, o al menos con muy poca movilidad. Con la derecha intentaba enderezar bruscamente los dedos de la izquierda, una y otra vez.
Lo que vi en esos movimientos fue frustración contenida. Un hombre guerreando consigo mismo, tratando de recuperar su antigua vida.
Cuando tu ayuda se convierte en una invasión
Noté que había unos rodillos sobre la silla. Pensé: "Si pusiera su mano ahí, podría hacer los estiramientos de forma más efectiva". La intención era buena, y práctica o eso creí.
Se lo comunique con todo el amor y amabilidad, me miró con algo de molestia. Sin embargo, él seguía con su batalla personal, tirando de sus dedos con más fuerza, más frustración.
Y entonces cometí el error. El error que cometo una y otra vez, aunque la vida me lo ha enseñado mil veces: ofrecí ayuda cuando no me la estaban pidiendo.
Lo que recibí a cambio fue una descarga eléctrica de todas sus emociones acumuladas: ira, odio, frustración, orgullo herido. Todo salió en forma de un "¡No, por favor!" casi gritado, regañándome como si yo fuera la responsable de su dolor.
Los cuatro acuerdos y el moje sabio
En ese momento, dos pensamientos me salvaron de reaccionar desde mi niña herida y rechazada:
Primero, uno de los Cuatro Acuerdos de Don Miguel Ruiz: Nada es personal. Su reacción no era conmigo. Era con su dolor, con su frustración de verse incapacitado, con su impotencia. Yo solo fui la pantalla donde proyectó todo ese dolor.
Segundo, recordé la fábula del monje y el cocodrilo. Un monje veía a un cocodrilo atrapado y cada vez que intentaba salvarlo, el animal lo intentaba morder. Un discípulo le preguntó: "Maestro, ¿por qué sigues intentándolo si lo muerde?" Y el sabio respondió: "Porque los animales responden a sus instintos. Él actúa como sabe actuar".
El monje continuó con paciencia y sabiduría hasta que finalmente logró salvar al cocodrilo. Y dicen que en ese momento, el animal lo miró a los ojos con algo parecido a la gratitud.
Ese monje estaba respondiendo desde su instinto de ayunar a una criatura atrapada, así como el cocodrilo que muerde porque no conoce otra forma de responder cuando se siente vulnerable.
La guerra de los demás no es contigo
Me fui del gimnasio con el corazón apretado pero pensando que debía escribir sobre esto. Sin embargo, la vida no había terminado de enseñarme la lección.
Menos de 30 minutos después, fui a una tienda. Estaba en la cola esperando mi turno, había solo una cajera y la fila avanzaba lenta. Delante de mí, una señora adulta mostraba señales de molestia e impaciencia.
Y de repente, sucedió.
La señora se dio un golpe fuerte en el muslo izquierdo. Ese tipo de puño que duele, pero que uno se da instintivamente para aliviar un malestar más profundo. Era evidente que tenía un calambre, o quizá un dolor en la cadera o en la pierna. Lo sé porque yo misma, cuando el nervio ciático me ha hecho ver estrellas, he hecho exactamente lo mismo.
Y ahí estaba yo de nuevo, observando la misma escena. El mismo dolor. La misma frustración. La misma forma agresiva de tratarse a sí misma con tremendo golpe.
En ese momento lo supe: esto era una señal. La vida me estaba poniendo la misma lección dos veces en menos de media hora porque necesitaba que la aprendiera de verdad.
Pero esta vez fui más sabia, Esta vez solo observé. Guardé silencio. No ofrecí ayuda. Me quedé ahí, respirando, se me vino a la mente una reflexión de Elsa Farrus que dice : "La guerra de los demás no es contigo, es con la vida, con Dios, con sus propios miedos y frustraciones"
Y entonces vinieron las preguntas, que lo cambian todo:
¿Cuántas veces me he tratado yo con esa misma agresividad cuando tengo un dolor que me atormenta?
¿Cuántas veces he peleado contra mi cuerpo en lugar de escucharlo?
¿Cuántas veces me he forzado a seguir adelante cuando lo que necesitaba era parar?
¿Cuántas veces he sido dura conmigo misma, exigiéndome recuperarme rápido, estar bien ya, no mostrar debilidad?
La respuesta me dolió: demasiadas veces.
He sido mi peor enemiga en momentos de enfermedad. He tratado mi dolor con impaciencia, con ira, con frustración. Como si siendo cruel conmigo misma pudiera obligar a mi cuerpo a responder más rápido y acelerar la sanación
La mente que te enfermó no puede sanarte
Y aquí está la verdad más dura y liberadora al mismo tiempo: la mente que me enfermó no es la mente que me sanará.
Cuando estoy en dolor, cuando la enfermedad me visita, cuando mi cuerpo no responde como yo quiero, entro en un estado de guerra interna. Me vuelvo dura conmigo misma. Exigente. Impaciente. Quiero resultados ya. Quiero que todo vuelva a ser como antes. Pero no me doy cuenta de que esa es la misma mente que me enfermó: la que nunca supo poner límites, la que vive en modo supervivencia, la que siempre exige sin escuchar.
Pero he aprendido que la sanación no viene de ese lugar. La sanación viene del amor propio, de la paciencia, de tratarme con la misma ternura con la que trataría a un niño herido.
Puedo tener los mejores médicos, las mejores terapias, los mejores tratamientos del mundo... pero si mi mente está en guerra conmigo misma, nada funcionará de verdad.
Pero también, he aprendido que mi mente no es mi enemiga, sino mi aliada. Y cuando el cuerpo duele, cuando falla o no responde, no me está traicionando. Me está hablando. Me está pidiendo que me detenga, que escuche, que haga un cambio.
La lección que necesitaba aprender dos veces
Esas dos personas que vi ayer me mostraron mi propio reflejo. Me enseñaron cómo me veo cuando estoy en dolor y no me trato con amor.
Me recordaron que:
No puedo salvar a nadie que no quiera ser salvado (ni siquiera a mí misma cuando me resisto al descanso).
No puedo ayudar a quien no me pide ayuda (incluyéndome a mí, cuando ignoro las señales de mi propio cuerpo).
No puedo forzar la sanación (ni la mía ni la de nadie más).
Y sobre todo, me enseñaron que cada persona tiene su propio ritmo, su propio proceso, su propia relación con el dolor y la sanación. Y que yo también tengo derecho a tener el mío, sin juzgarme, sin presionarme, sin compararme.
Reflexión final: Tratarnos con amor en medio de la tormenta
A veces, el acto de amor más grande que podemos ofrecernos no es empujarnos a seguir, sino darnos permiso para detenernos. Para descansar. Para sentir el dolor sin pelear contra él. Para rendirnos al descanso profundo que tanto necesitamos.
A veces, el amor más reparador es mirarnos con compasión frente al espejo y decirnos: “Está bien. Estás haciendo lo mejor que puedes. Tus células también lo están. No tienes que ser perfecta. No tienes que estar bien todo el tiempo, células relajence por favor ahora estan a salvo”.
Y a veces, la sanación más desafiante es cambiar el tono con el que nos hablamos en los peores momentos. Tratarnos con ternura cuando el cuerpo no responde. Hablarnos con amor cuando nada sale como esperábamos. Recordar que la sanación es un viaje, no una meta.
Porque al final, la verdadera sanación comienza cuando dejamos de pelear con nosotros mismos y empezamos a integrar y reconocer, nuestros miedos, batallas y enfermedades como grandes maestros. Con su dolor, nos guían hacia el despertar de nuestra conciencia más elevada.
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