Llegó la primavera: por qué este nuevo ciclo también cambia tu energía

Llegó la primavera y no solo cambió la estación: algo dentro de ti también empezó a moverse. Después de unos primeros meses intensos, llenos de cierres, incomodidad y transformación, esta nueva etapa trae una energía distinta. Más luz, más aire, más apertura. Como si la vida misma nos recordara que, después de cambiar de piel, también llega el momento de florecer.

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Betsy Jiménez

3/21/20264 min leer

close-up photo of purple petaled flower
close-up photo of purple petaled flower

A veces pensamos que un año 1 va a llegar como un reset limpio, bonito, como si apagamos el celular, lo volvemos a prender y listo... problema resuelto, pero no.

Todo nuevo comienzo trae ajuste, incomodidad y una especie de vacío que cuesta explicar. No siempre es dolor en sí, sino una ausencia de alegría, una sensación rara que no sabes bien de dónde viene ni dónde se siente: si en el alma, en el corazón, o en ese silencio extraño que deja lo que ya no está.. Florecer también exige haber pasado antes por una raíz rota, una poda o una pérdida o una ruptura interna.

Y eso fue exactamente lo que estos primeros tres meses del 2026 vinieron a mostrarme.

El hecho de escribir sobre despertar, energía, conciencia o transformación no me exime de vivir procesos reales. Muy humanos. Muy terrenales. Y sí, este comienzo de año vino con una pérdida fuerte: Canela, mi compañera perruna de once años, pasó el arcoíris. Mi chichita, mi repollito, mi unicornio alado color arcoíris tornasol. Su partida fue inesperada y me atravesó por completo. Venía de un viaje planificado por el Caribe, de conocer territorios casi vírgenes, de respirar otro aire, convivir con tortugas, llenarme de la inmensidad del mar, conectarme con la energía de seis islas fabulosas y una vibración superpotente… y al regresar, como un balde de agua fría, no me dio tiempo de procesar tanta información y energía. Ella simplemente se puso malita y, aun así, con su corazón de maestra de luz, me dio tiempo de despedirme durante una semana.

Pero más allá del duelo, pasó algo más profundo: entré en un proceso de cambio de identidad. ¿Quién soy ahora? Ya no soy la mamá de Canela de la forma en que lo fui durante tantos años. Las rutinas cambiaron. La manada cambió. Las mañanas, las noches, los silencios en casa… todo se sintió distinto. Y ahí entendí que a veces una pérdida no solo te rompe el corazón, también te obliga a reconocer que una versión de ti ya terminó. Y entonces comprendí algo más: que el duelo y el dolor no siempre se viven igual. Algunas veces lloraba por ella; otras veces, por la versión de mí que fui con ella. Y otras, por ese espacio extraño que deja la incertidumbre, ese vacío que no sabes bien cómo nombrar, pero que también duele.

Después viajé a Guatemala, como todos los años. Y ahí es donde, de alguna forma, ocurre mi verdadero cambio de piel. Es el lugar donde me hago “carrocería y pintura”… no, mentira, pero sí gran parte de mis chequeos médicos. Es ese espacio donde mis médicos de confianza —mis médicos del cielo terrenal— hacen su magia. Guatemala, para mí, no es solo un destino: me enraíza. Es tierra de fuego, de volcanes, del quetzal, de memorias profundas y ancestraels. Simplemente hay algo en esa tierra que me ordena, me baja al cuerpo y me recuerda quién soy.

Y esta vez fue diferente.
Allá me sacaron las cordales. Puede sonar como algo simple o puramente médico, pero para mí tuvo un simbolismo fuerte. Muchos sabios dicen que las muelas del juicio representan un último eslabón de la huella 3D, una especie de iniciación o de cierre. No estoy diciendo con esto que todo el mundo deba hacerlo; siempre hablo desde mi experiencia. Pero en mí se sintió así: como si este trimestre hubiera venido a arrancar de raíz algo muy viejo, algo que ya no podía seguir sosteniéndose dentro de mí.

Y aunque desde un plano más elevado sé que esos cambios eran necesarios, en la parte terrenal duelen. Duelen los finales, el desapego, el no reconocerte por un momento. Duele tener que reaprender cómo habitar la vida.

Por eso hoy, con la primavera apenas comenzando, lo entiendo distinto. La primavera no es solo flores. La primavera también es la evidencia de que hubo un invierno previo. De que hubo contracción. De que hubo oscuridad, silencio, muerte simbólica y reorganización interna.

Florecer no es un simbolismo espiritual. Es una consecuencia natural de haber atravesado una transformación real.

Y así siento este cambio de estación: como una confirmación de que ya pasamos por el tramo más duro del inicio. Que estos primeros tres meses del año 1 no vinieron a consentirnos, sino a movernos. A decirnos: “si querías renacer, primero había que vaciar espacio”.

Ahora llegan nuevos aires. Más luz. Otro ritmo. Otra energía. Y no porque la vida ya esté resuelta, sino porque algo dentro ya comenzó acomodarse. Como si el alma, después de tanto removerse, empezara a encontrar otra forma de respirar.

Reflexión final

La primavera no florece por accidente. Florece porque hubo un invierno que hizo su trabajo.

Por eso, si este inicio del 2026 te dolió, te movió, te cambió o te dejó más sensible de lo normal, piensa que quizás no estabas perdiéndote, sino atravesando una poda. Como un árbol que, para volver a florecer, primero tuvo que soltar ramas secas, dejar caer hojas viejas o sanar una herida en su corteza. Tal vez estos primeros meses no vinieron a darte respuestas inmediatas, sino a limpiar lo que ya no podía seguir contigo, para que la nueva versión de ti —la que ya viene naciendo en silencio— tenga por fin espacio, raíz y fuerza para sostenerse.

Así que hoy, con este cambio de estación, no te exijas florecer perfecto. Solo permítete reconocer con amor y en presencia, todo lo que ya atravesaste para llegar hasta aquí.

Gracias por ser y por estar.
Bienvenida, primavera.